En el campo de batalla
Buenos días, amigo/a
El Señor te ha regalado la luz de la fe para que la irradies a tu
alrededor, con el ejemplo y con la palabra. Cada uno tiene
posibilidades distintas, pero no menos importantes aunque parezcan
restringidas. Dios ha dispuesto que las almas vayan iluminando otras
almas, como si fueran antorchas.
El capellán se acercó al soldado herido, en medio del fragor de la
batalla, y le preguntó: —¿Quieres que te lea la Biblia? —Primero dame
agua, que tengo sed, dijo el herido. El capellán le convidó el último
trago de su cantimplora, aún sabiendo que el agua distaba kilómetros.
—¿Ahora, puedo leerte la palabra de Dios?, preguntó de nuevo. —Antes
dame de comer, suplicó el herido. El capellán le dio el último
mendrugo de pan que guardaba en su mochila. —Tengo frío, fue el
siguiente clamor, y el hombre de Dios se despojó de su abrigo de
campaña, pese al frío que le calaba los huesos, y cubrió al lesionado.
—Ahora sí, le dijo al capellán. Habla de ese Dios que te hizo darme
tu último trago de agua, tu mendrugo y tu único abrigo. Quiero
conocerlo.
Un refrán dice “las palabras mueven, pero los ejemplos arrastran”. El
poder del testimonio es enorme y decisivo. Las palabras están
devaluadas. Nunca el mensaje de Jesús tuvo tanta fuerza como cuando
pregonó el amor desde la cruz. Para construir a tu alrededor una
civilización del amor aporta cada día gestos de servicio, de humildad
y generosidad. P. Natalio
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