domingo, 22 de abril de 2012


La viejecita irlandesa



Buenos días, amigo/a.

Cada uno tiene sus “fortalezas” y “debilidades”. Lamentablemente
sucede que la gente se especializa en descubrir y, no pocas veces,
agrandar las faltas del prójimo. De aquí nace el defecto tan común de
la maledicencia o murmuración. También hay quienes se distinguen por
descubrir las virtudes de los demás. Aquí te presento un ejemplo.

Cuentan de una viejecita irlandesa que nunca hablaba mal de nadie.
Siempre encontraba algo bueno en la peor persona. Un día falleció un
hombre que parecía atesorar en sí todas las miserias humanas: era
ladrón, borracho, pendenciero, pegaba a su mujer y a sus hijos....una
verdadera calamidad, un estorbo para la comunidad. La noche del
velorio, llegó la viejecita a la sala donde se iba a rezar el santo
rosario por el difunto. Todos se miraron y se decían por dentro: de
éste sí que no podrá decir nada bueno. La viejecita estuvo un momento
callada. Parecía que efectivamente no sabía qué decir. Al fin,
habló:—Ciertamente sabía silbar. Daba gusto oírle cuando pasaba por
debajo de mi ventana todas las mañanas. Lo echaré de menos...


Qué nobleza de alma tiene quien destaca en los demás lo que los honra.
Ojalá tú también te especialices en rescatar en los otros ese lado
bueno y agradable que todos tenemos. Es un aspecto del amor a nuestros
semejantes. Es una expresión de la norma de oro: “Haz a tu prójimo lo
que te gustaría que te hagan a ti”. P. Natalio.

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