Hazlo en secreto
Buenos días, amigo/a.
Todos corremos el peligro de obrar para recibir la aprobación de los
demás. Es como decirse a sí mismo: “Verán lo que yo soy capaz de
hacer”. Jesús nos precave de toda ostentación y vanidad: “Cuando des
limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, así tu
limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te
recompensará”.
Contaban de alguien del pueblo que ayunaba muchísimo, tanto, que le
llamaban "el ayunador". El abad Zenón oyó hablar de él y lo mandó
llamar. Acudió con alegría, rezaron juntos y se sentaron. El anciano
se puso a trabajar en silencio. Como no podía hablar con él, el
ayunador empezó a sentirse oprimido y le entró pereza. Dijo al
anciano: "Ora por mí, padre, quiero marcharme". Y el anciano le dijo:
"¿Por qué?". Respondió: "Porque mi corazón está como ardiendo y no sé
qué tiene. Cuando estaba en el pueblo, ayunaba hasta la noche y nunca
me había pasado esto". Le dijo el anciano: "En el pueblo te
alimentabas por las orejas. Vete, y de ahora en adelante come al
mediodía, y lo que hagas, hazlo en secreto".
Toda esta figuración y ostentación desvirtúa la obra que se está
haciendo. Jesús pone al Padre como fundamento de esta nueva actitud:
el Padre es el que nos ve, en lo secreto, y él es el que nos
recompensa con su amor cuando nosotros no vemos ni la recompensa ni el
aplauso humano. Jesús nos invita a vivir ante la mirada de Dios que
sondea el corazón. P. Natalio.
lunes, 28 de febrero de 2011
domingo, 27 de febrero de 2011
Crecer en oración
Buenos días, amigo/a.
La oración que haces al comenzar la jornada y al terminarla, es la
expresión de tu amor y confianza en Dios. Entre estos dos momentos, si
amas de verdad a Dios con toda el alma y con todas las fuerzas, como
dice la Palabra, de alguna manera el recuerdo y la presencia del Señor
te acompañarán en las variadas tareas de tu jornada. Un mensaje de la
Reina de la Paz:
“¡Queridos hijos! Hoy quiero hacerles esta invitación: ¡oren, oren,
oren!, en la oración, ustedes conocerán el gozo más grande y
encontrarán la solución a cualquier situación difícil. Gracias por los
progresos que hacen en la oración! Cada uno de ustedes es querido a mi
corazón y agradezco a todos aquellos que han incrementado la oración
en sus familias. Gracias por haber respondido a mi llamado! ”
“La oración me salvó la vida. Sin ella estaría loco hace ya mucho
tiempo. Si conseguí salvarme de la desesperación fue gracias a la
oración”, M. Gandhi. “Sólo por la oración podemos alcanzar la completa
y armoniosa unificación del cuerpo, mente y espíritu, que le da a la
frágil constitución humana su fortaleza invencible”, A. Carrel. Toma
una buena decisión. P.Natalio.
sábado, 26 de febrero de 2011
Sé indulgente
Buenos días, amigo/a.
Para amar como Jesús nos enseñó, debemos aprender a vivir ciertas
actitudes y sentimientos que bajan el amor a la realidad cotidiana:
comprensión, paciencia e indulgencia. ¿Qué es la indulgencia?
“Facilidad en perdonar las culpas ajenas”, dice el diccionario. Es la
disponibilidad y capacidad para perdonar las debilidades de nuestros
prójimos una y otra vez.
Sé indulgente. Olvida las pequeñas penas que te hayan podido causar;
no conserves ningún resentimiento por las palabras inconsideradas o
desfavorables que se han dicho contra ti; excusa los descuidos, las
ligerezas de las cuales eres víctima; juzga siempre de buena intención
a aquellos que te hayan hecho algún agravio, en fin, muestra un
semblante amable en todas las ocasiones. De esta manera estarás en paz
con tu prójimo y practicarás de modo excelente la caridad cristiana,
que es imposible practicar sin una indulgencia en todos los instantes.
Vivir la caridad cristiana no es fácil. En verdad está por encima de
nuestra capacidad humana. Por eso es indispensable suplicar con
humildad al Señor el don de la paciencia e indulgencia para poder
elevarnos sobre nuestros egoísmos, retraimientos, susceptibilidades…
Pero cuando el amor de Dios nos invade podemos “perdonar, soportar y
esperar sin límites”. P. Natalio.
Buenos días, amigo/a.
Para amar como Jesús nos enseñó, debemos aprender a vivir ciertas
actitudes y sentimientos que bajan el amor a la realidad cotidiana:
comprensión, paciencia e indulgencia. ¿Qué es la indulgencia?
“Facilidad en perdonar las culpas ajenas”, dice el diccionario. Es la
disponibilidad y capacidad para perdonar las debilidades de nuestros
prójimos una y otra vez.
Sé indulgente. Olvida las pequeñas penas que te hayan podido causar;
no conserves ningún resentimiento por las palabras inconsideradas o
desfavorables que se han dicho contra ti; excusa los descuidos, las
ligerezas de las cuales eres víctima; juzga siempre de buena intención
a aquellos que te hayan hecho algún agravio, en fin, muestra un
semblante amable en todas las ocasiones. De esta manera estarás en paz
con tu prójimo y practicarás de modo excelente la caridad cristiana,
que es imposible practicar sin una indulgencia en todos los instantes.
Vivir la caridad cristiana no es fácil. En verdad está por encima de
nuestra capacidad humana. Por eso es indispensable suplicar con
humildad al Señor el don de la paciencia e indulgencia para poder
elevarnos sobre nuestros egoísmos, retraimientos, susceptibilidades…
Pero cuando el amor de Dios nos invade podemos “perdonar, soportar y
esperar sin límites”. P. Natalio.
viernes, 25 de febrero de 2011
Alegría de compartir
Buenos días, amigo/a.
Existe un secreto gozo del corazón en poder alegrar a otros a pesar de
nuestra propia situación. La aflicción compartida disminuye la
tristeza, pero cuando la alegría es compartida, se duplica. Si deseas
sentirte feliz y realizado, basta compartir tus bendiciones,
especialmente ésas que no se pueden comprar con dinero.
Si dices: cada uno a lo suyo, (mi familia, mis estudios, mi porvenir,
mi bienestar, etc.), no me ocupo de los demás, y perseveras en esa
actitud, no te realizarás jamás, y quedarás gravemente menoscabado y
atrofiado. La grandeza de un hombre se mide por su capacidad de
comunión con sus semejantes. Si quieres sentirte hermano de todos los
hombres, debes aceptar ser hijo de Dios, vivir y recibir la vida de
él; y cuanto más hijo seas, más hermano serás. (M. Quoist).
Antes de buscar el beneficio personal, pregúntate, ¿qué puedo
compartir hoy? En lugar de querer poseer empezarás a donar, guiado por
el deseo de ayudar a satisfacer las necesidades de los otros. Cada uno
tiene algo para compartir. Dinero, talento, tiempo o una simple
oración. La generosidad nos pone en sintonía con nuestra semejanza
divina. Ánimo, inténtalo. P. Natalio.
jueves, 24 de febrero de 2011
Conversión de un rey
Buenos días, amigo/a.
Jesús comenzó a predicar a la gente diciendo: “El tiempo se ha
cumplido. El reino de Dios ha llegado. Conviértanse y crean en la
buena noticia”. Estas palabras que resonaron como una clarinada para
convocar al pueblo de Dios, siguen señalando el camino de la
salvación: volver al Señor, abandonar nuestros caminos equivocados,
purificar el corazón… eso es conversión.
Cuando Clodoveo, rey de los francos, se preparaba para una difícil
batalla, su esposa Clotilde, fervorosa cristiana, le dijo: “Si quieres
obtener la victoria, invoca al Dios de los cristianos”. En lo más duro
del combate, acosados los francos por todas partes, Clodoveo exclamó:
“Oh Cristo, a quien mi esposa invoca como hijo de Dios. Creo en ti. Si
hoy me salvas de mis adversarios, recibiré el bautismo y entraré a tu
religión". Desde ese momento su ejército se sobrepuso y venció a los
agresores. El rey al volver victorioso, saludó a su esposa con estas
palabras: "Clodoveo venció a sus enemigos, y tú venciste a Clodoveo".
San Remigio, obispo misionero, preparó y bautizó al rey de los
francos. En la celebración le dijo estas memorables palabras:
"Valiente guerrero: desde ahora quema lo que has adorado, y adora lo
que has quemado".
Clodoveo fue invitado a poner a Dios en el centro de su vida, amándolo
realmente con todo el corazón y con toda el alma. Esto implicaba
seguirlo, temerlo y observar sus preceptos, escuchar su voz, servirlo
y serle fiel. Ésta es la buena noticia: el Señor nos invita a
convertirnos porque es misericordioso. P. Natalio.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Conserva la calma
Buenos días, amigo/a.
Defiende y cultiva la paz en tu corazón, porque es el clima
indispensable para crecer en plenitud en todas las dimensiones de tu
vida. Vigila cuanto entra en tu corazón para que no se infiltre en él
el polvo de la ansiedad, el ácido de la irritación, o el veneno del
odio. Gozar de la paz profunda del alma merece estar en permanente
alerta.
En los momentos críticos aprende a conservar la calma, de modo que tus
decisiones sean justas y sabias. En lugar de exasperarte y dejarte
dominar por la ira, cállate porque el silencio aquieta. Respira
profundamente y ora. Ganas serenidad si cierras tus ojos y te ves en
un lugar paradisíaco, mientras repites pensamientos positivos.
Recuerda que Dios está en tu corazón y estarás tranquilo sin
desesperarte. La ira es fuente de males casi siempre más graves que
aquellos que la causan. Corta las raíces de la irritación:¿Cómo podrás
apagar el incendio de la ira si lo alimentas con la leña del
fanatismo, el rencor o la soberbia? El hombre espiritual es dueño de
sí mismo ante la adversidad.
¿No has comprobado que una palabra dura dicha en un acceso de ira te
trajo semanas de amargura? Un refrán tibetano afirma: “la paciencia en
un momento de enojo te evitará cien días de dolor”. Cada día pídele al
Señor toda la paciencia que necesites. Dile “Concédeme hoy fortaleza,
paciencia y serenidad. Que nada ni nadie me perturbe”. P. Natalio
martes, 22 de febrero de 2011
Santa Catalina tentada
Buenos días, amigo/a.
Sufrir tentaciones es una situación normal del hombre. Surgen de
nuestra naturaleza inclinada al mal, o también del enemigo de Dios o
de ese mundo que vive al margen de la ley divina. La tentación es una
incitación a pecar. También los santos pasaron por tentaciones. Pero
lucharon y triunfaron.
Escribe el beato Raimundo de Capua, director espiritual de santa
Catalina de Siena, que cierto día ella tuvo grandes tentaciones contra
la castidad y, después de haber luchado e implorado la ayuda de Jesús
y de María, se le apareció Jesús. Ella le dijo: —Señor, ¿dónde
estabas, cuando mi corazón era atribulado por tantas tentaciones? Y el
Señor le dijo: —Estaba en tu corazón. —Señor, pero ¿cómo puedo creer
que estabas en mi corazón, cuando estaba lleno de malos e inmundos
pensamientos? Y el Señor le dijo: —Aquellos pensamientos ¿te causaban
gozo o dolor, placer o disgusto? —Gran dolor, Señor. —Y ¿quién era el
que te hacía sentir disgusto, sino yo que estaba escondido en tu
corazón?
Como santa Catalina, debes luchar e implorar la ayuda de Jesús y de
María. Las tentaciones te ofrecen una ocasión favorable para vivir la
fe en el Señor, acrecentar la humildad y expresarle tu gratitud. Son
oportunidad de crecimiento. Aprovéchalas, pero no las busques. “Quien
busca el peligro, en él perecerá”. Sé valiente y ten ánimo, con el
Señor triunfarás. P. Natalio.
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